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Del punto G al punto com

 

Por: Luciano di Vito

Cuarenta años atrás la revolución sexual estaba en pleno apogeo. Se desestructuraron las relaciones, se investigó a fondo sobre el comportamiento de las personas en la intimidad y entonces comenzó otra etapa. Así se supo que masturbarse no provocaba la aparición de pelos en las manos masculinas, como así tampoco producía jorobas o impotencia sexual. Las mujeres también supieron que podían usar las manos en beneficio propio. A la vez surgieron los estudiosos que con los años se volverían expertos. Masters y Johnson por ejemplo, tomaron la posta vanguardista de los ´60 en temas sexuales y se hicieron ricos y famosos.

El placer, las relaciones, el intercambio y todo lo que tuviera que ver con compartir se apoderaron de las premisas. Hubo líderes y revoluciones, movimientos estudiantiles, cuestionamientos institucionales y rock and roll. Elvis se sacudía en la cabeza de las chicas, los Beatles en el submarino amarillo y el mayo francés de 1968 clamaba por la imaginación al poder. Todo era posible. El hombre llegaba a la luna y el Che Guevara a Cuba. Las mujeres se rebelaban también con aquello de que "el amor no es para toda la vida" . Comenzaban a saber que existía un lugar que no figuraba en el mapa y que a los hombres les costaba descubrir: el punto G.

No todas las mujeres sabían dónde quedaba. “El punto G era una mentira. –dice la educadora sexual Marta Muttoni- No fue una aparición ingenua. En muchas mujeres se produjo una decepción porque pudiendo obtener orgasmos clitorianos por penetración, no les pasaba nada con el codiciado punto G. Más aún, las investigaciones posteriores llegaron a la conclusión de que una vez que el pene hace contacto con el punto, ni siquiera brinda placer porque provoca ganas de hacer pis. Era inencontrable”, completa riendo.

Entre los 60 y los 70 se produjo un gran cambio en las mujeres, quienes comenzaron a tener más espacio en la sociedad. “Ese espacio temporal fue de crisis y conquista para ellas. –explica Muttoni- Había esperanzas, ilusión y un amor que era universal. Además estaba el psicoanálisis, el trabajo...sin dudas era otro tiempo, algo más optimista y menos individual que ahora”.

 

Hace cuarenta años, una generación pensó y sintió que podía cambiar el mundo con amor. No sólo eso: la libertad podía ejercerse. Nada le impedía guiarse por impulsos porque las costumbres y la tradición estaban en pleno cambio. La pregunta es: ¿Qué pasó después? Mientras que los norteamericanos pasaban del american dream a la revolución sexual y de allí a la conquista del espacio, los latinoamericanos –que siempre recibieron todo más tarde- interrumpieron el ciclo.

Si la libertad podía ejercerse, de este lado del planeta el derecho fue cercenado por largo tiempo por culpa de las dictaduras militares que cambiaron las premisas e introdujeron la muerte y el atraso como banderas de supuesta moralidad. El deseo era una mala palabra. Esa interrupción violenta determinó el fin de la ilusión y mientras que en el resto del mundo los comportamientos sociales y sexuales cambiaban, de este lado el retroceso le ganó al crecimiento.

Los ochenta iban dejando lentamente atrás no sólo al punto G sino también a los idealismos sociales. El Sida irrumpió en las conductas sociales, rescató a la monogamia de la antigüedad y las manos volvieron a tener protagonismo. En su libro La era del vacío, el filósofo francés Gilles Lipovetsky sugiere que el autoerotismo deriva de la tendencia posmoderna a la exacerbación del individualismo y el narcisismo.

“Los que sufrieron más el cambio de lo social a lo individual fueron los hombres –razona Muttoni- porque la trilogía éxito-dinero-sexualidad los afectó en su sexualidad, que hoy está en crisis. Si los sesenta pusieron en crisis a las mujeres, el 2000 lo hizo con los hombres”.

 

Bienvenidos al ciberamor

 

Internet proporcionó la revolución que faltaba. Las punto com suprimieron las distancias del mapa y proporcionaron una información abrumadora. Cambiaron los trabajos, los negocios, los dueños y los clientes, las intimidades y las necesidades. Y sobre todo las relaciones. El punto G dejó su lugar al punto com. Aparecieron los cibercontactos, los ciberamores y el sexo on line. Ahora nadie pregunta dónde quedó el sesentista objeto de deseo.

“Las punto com son como una bomba de tiempo, – dispara Muttoni- pueden servir para todo o para nada. Igualmente sucede algo muy sincero. A veces en los chateos hay una necesidad de construir una pareja. Se conocen on line y se citan personalmente en otra parte, y eso es muy rescatable porque del aislamiento que produce estar todo el dia frente a un monitor se busca un encuentro posterior que sea de carne y hueso”.

La palabra sexo es la más buscada en Internet y en sus chats. Un dato contundente: a Pamela Anderson la han visto por la red seis millones de personas. Tal vez por eso, algunos médicos y psicólogos ya han comenzado a estudiar los trastornos de adicción que podría generar Internet (TAI). La mayoría de estos casos se producen en personas que han gastado verdaderas fortunas en conexiones a sitios sexuales. Pero la culpa no es de la red. Desde siempre el sexo ha sido un tema apasionante. Internet posibilita el acercamiento y el anonimato. En las ciber-relaciones cualquiera puede ser otro, mentir su sexo, edad, apariencia, su entorno, y hasta fingir un orgasmo virtual con ahhs y uhhs surgidos de su teclado.

Eso sí: en la red hay información de sobra, inclusive para saber cómo fueron los años 60 del siglo pasado, qué aportaron Masters y Johnson a la sexualidad y qué fue de la vida del punto G. Afortunadamente -o no-, los orgasmos no se consiguen haciendo click en alguna parte de la pantalla. Al menos por ahora.