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El peligroso sueño de Peter Pan

JOSÉ ÁLVAREZ JUNCO


José Álvarez Junco es historiador.


Parece como si se hubieran puesto de acuerdo. En pocas semanas, un político del PSOE ha opinado que 'los moros, a Marruecos, que es donde tienen que estar'; la señora Ferrusola ha evocado el lúgubre futuro que amenaza la identidad catalana; Heribert Barrera ha confesado su nostalgia por aquella Barcelona en que no se bailaban sevillanas; los talibán están eliminando por la vía rápida los restos budistas de un Afganistán que quieren islámicamente puro; hasta Giovanni Sartori advierte de los peligros de los inmigrantes para Europa; todo eso, por no hablar de los jugosos sermones semanales del señor Arzalluz. Son ejemplos múltiples, algunos muy burdos, y no son pocos los que han caído en la tentación del comentario fácil y la risotada. Pero me parece que deberíamos seguir pensando sobre estas cosas, porque expresan actitudes muy humanas -y muy peligrosas- que, en parte al menos, todos compartimos.

'Identidad, preciado tesoro', es como Santos Juliá ha descrito esta tendencia nostálgica. Podríamos llamarlo también el sueño de Peter Pan: no crecer, mantenerse indefinidamente en la infancia. Nacionalismos y fundamentalismos comparten el infantil deseo de perpetuar la situación que existió en el pasado -o que creen que existió; porque en estas cosas se inventa mucho-. Es siempre un imposible, pero mucho más en el cambiante mundo que vivimos, donde no sólo crecen los niños, como siempre, sino que las casas donde transcurrió su infancia son rápidamente derribadas para dar paso a una autopista.

Vargas Llosa ha optado por un 'Salvemos a Cataluña', burlándose finamente de Barrera y Ferrusola. Mas el problema es que hacer un esfuerzo por 'salvar a Cataluña', es decir, por que se hable catalán y se preserven hábitos o fiestas tradicionales, es legítimo. No hay nada reprensible en la afirmación étnica, entendida como defensa y protección de una identidad cultural. Todos tenemos derecho a practicar la lengua o la religión de nuestra preferencia, a elegir tal o cual opción sexual o a exhibir el color de piel con que nacimos -o con que nos hemos pintado-, por minoritarios que sean y sin que ello menoscabe un ápice nuestros derechos y libertades. Este etnicismo, llamémoslo defensivo, o negativo, no sólo debe ser apoyado como uno más de los derechos de la persona. Es que, además, es muy humano: personalmente, declaro que me gusta mucho mi lengua, que hago lo posible por cuidarla, y que estaré dispuesto a esforzarme por prolongar su vida si la veo en peligro. Lo cual significa que me prepararé a gastar mi tiempo y mi dinero en esta causa. Porque preservar algo contra la tendencia general de la historia es costoso; puede que también sea un sueño utópico, ante la marea invasora de una cultura abrumadoramente mayoritaria; será imposible, pero es legítimo.

Lo malo es que el problema va más allá de lo costoso. Hace algunos años, Juan Linz escribió un importante artículo sobre el nacionalismo en el que explicaba cómo esta reivindicación tendía a evolucionar desde lo étnico hacia lo territorial. Es decir, que comienza con la afirmación 'nosotros somos diferentes', porque hablamos otra lengua o tenemos cualquier otro rasgo cultural distinto al de nuestro entorno; y concluye con la demanda política 'este territorio es nuestro'. Los más evolucionados de los nacionalistas han incorporado un respeto muy liberal por los derechos de los demás y añaden: nuestra pretensión no significa que cuando nosotros controlemos esta tierra aquí no vayan a poder vivir otras gentes; por el contrario, nadie será discriminado por sus características étnicas; 'son catalanes todos los que viven y trabajan en Cataluña'. O sea, que, una vez triunfante nuestra exigencia política, la diferencia cultural -pese a que sea su razón de ser- no importará demasiado; prometemos ser cívicos, no étnicos.

Pero una estructura política montada sobre diferencias étnicas será difícil que deje de apoyarse en la etnia. Tras haber logrado el control del territorio, el razonamiento tenderá a desarrollar su lógica interna: si este territorio es nuestro porque tenemos tales o cuales rasgos culturales, una persona que no los comparta, que no pertenezca a nuestro mundo, no tendrá derecho a estar aquí; estará, porque es imposible evitarlo -salvo al estilo talibán- y porque nosotros somos civilizados y se lo permitimos, pero siempre estará de prestado; el día que se convierta en un peligro, la expulsamos.

Un sistema político libre no puede basarse en la identidad, sino en la ciudadanía, no en rasgos culturales, sino en la integración en un marco jurídico. La democracia liberal tiene que partir del reconocimiento de los derechos de todos, cualquiera que sea su raza, lengua, género o religión, con la única condición de que acepten las normas -aprobadas por todos- que rigen la convivencia.

Lo cual significa que hay mucha diferencia entre la afirmación étnica defensiva o negativa y la impositiva o territorial. Porque cuando un movimiento étnico toma el poder y controla un territorio, en lugar de defender la diversidad cultural hace exactamente lo contrario: consagrar el monolitismo, favorecer a una cultura como 'oficial' frente a las otras, marginales. A partir de la premisa 'este suelo es nuestro' se deduce la conclusión de que tenemos el derecho a imponer a los que viven en él una lengua, religión, forma de comportarse, porque ésa fue la de nuestros padres y abuelos, que vivieron aquí desde siempre; es decir, porque ésta es la cultura que va unida, de manera esencial y eterna, a esta tierra. A un historiador le sería fácil demostrar que tal idealización del pasado es discutible, y que en ella hay mucha distorsión al servicio de objetivos políticos actuales. Pero incluso sin ponerse estrictos en términos históricos y aceptando que a lo largo del tiempo ha habido cierta continuidad identitaria en este suelo, ¿qué derechos se generan con ello? ¿Por qué va a tener que seguir siendo siempre el mundo como fue en tiempos de nuestros abuelos? Nadie que visite Córdoba o Granada puede albergar dudas sobre el hecho de que allí dominó, en tiempos pretéritos, una cultura musulmana. ¿Se deduce de esto que alguien, por ser musulmán, tiene derecho a reclamar esas tierras?

Imagino lo felices que deben estar, ante estas líneas, los lectores de Burgos o Valladolid. Llevan décadas viviendo las reivindicaciones étnicas de otros como humillaciones y nada desean más que ver a alguien denunciar las amenazas totalitarias implícitas en ellas. Pero que no se confíen, porque el cuento también va con ellos. Que no olviden que la 'España eterna' que aprendieron en la escuela es otra idealización agresiva. Que ni 'España' ha existido siempre, ni ha dejado de cambiar desde que existe, ni ha respondido nunca con pureza al modelo de identidad que se le supone inherente; y, sobre todo, que no hay texto sagrado alguno que consagre como inherentes a esta parte del mundo la lengua castellana o la religión católica, rasgos que, con toda certeza, no van a mantenerse por los siglos de los siglos. Muchas cosas hemos de ver, o han de ver nuestros descendientes: diversos colores de tez, niñas con velo en las escuelas, inglés como lengua común en territorios españoles... Mejor será que nos preparemos, porque el proceso va muy deprisa. No sea que esos mismos que ahora -muy sensatamente- se rasgan las vestiduras ante las baladronadas de los Arzalluz y Otegui sean vistos mañana hinchando el pecho y proclamando que ésta es la tierra del Cid Campeador y de la Virgen María y que ya está bien de tanta mezquita; porque una, hombre, una está bien, incluso da un toque de color, pero es que no se ve otra cosa; es que esto 'no parece España'.

Todos somos humanos y mejor será que nos vacunemos ante nuestra vertiente exclusivista. Hasta los ministros de Educación del PP, o los académicos de la Historia, que denuncian -con toda la razón- las agresivas simplezas que se enseñan en las ikastolas y proponen, como alternativa, volver a la historia de España. No se les ocurre que exista Europa, el mundo; o que haya habido sujetos históricos que no sean naciones. Aprovechando la ingenuidad de Heribert Barrera, para quien el dinero público debería dedicarse a preservar el mundo de su infancia, se burlan del catalanismo. Y no sólo no reparan en el apoyo social que los inmigrantes encerrados en iglesias han tenido en Cataluña, sino que ellos mismos gastan el dinero público en editar, y autopremiar, libros sobre el 'ser', la 'realidad', la 'esencia' de España.